Recuerdo ser madre primeriza y sentirme más cansada que nunca. Mi bebé no dormía bien y me preguntaba cómo iba a aguantar el día, y mucho menos la etapa de bebé.
Las mamás nos sentimos presionadas de ser súper en todo sentido. Debemos tener una paciencia infinita con nuestros hijos mientras mantenemos la arrasamos en el trabajo, en el gimnasio y en todas las facetas de la vida. Es poco realista, lo sé, pero aun así caí en la trampa. Me sentía frustrada, triste y enojada. Y me sentía cansada. Cansada de mecer a un bebé irritable por horas y amamantarlo todo el día.
Pero sé que no solo las madres se sienten así. Parece que hay una idea generalizada en la sociedad de hacer siempre más. Mis hijos ya son adolescentes y lo veo incluso en ellos. Al entrar a la escuela secundaria y empezar a pensar en la adultez, veo cómo podrían caer fácilmente en la cultura de hacer más, lograr más, saturar sus agendas y dejarse llevar por el ajetreo.
Me recuerda al profeta Elías. En la biblia leemos que Elías acaba de realizar un gran milagro con fuego cayendo del cielo que demostró que YAHWEH es el único Dios verdadero. ¡Esto es épico! Lo que hace que el rey Acab y su esposa Jezabel lo desprecien aún más y amenacen su vida. Huye al desierto, exhausto y asustado. Su mente está nublada mientras lucha por recordar el poder de Dios.
Así como Elías el Profeta se sintió agotado por la efusión de energía espiritual, física y emocional, yo también me sentí de esa manera cuando era mamá nueva. No, no había fuego cayendo del cielo, pero ¿es realmente tan diferente un bebé que grita?
Y se que hay mucha gente que tambien se sienten asi. Estudiantes universitarios estudiando hasta altas horas de la noche para un examen importante. Ejecutivos en sus trabajos corporativos. Pastores haciendo todo lo posible por atender las necesidades de su congregación. Muchos nos sentimos cansados de las exigencias de la vida y sentimos la presión de hacer más. ¿Pero qué pasa si no tenemos que hacer más? Quizás Dios nos esté llamando a descansar.
En la historia de Elías, va a una montaña, encuentra una cueva y toma una siesta. Y luego viene un angel.
De repente, un ángel lo tocó y le dijo: «Levántate y come». 6 Elías miró a su alrededor y vio a su cabecera un panecillo cocido sobre brasas y un jarro de agua. Comió, bebió y volvió a acostarse.7 El ángel del Señor regresó y, tocándolo, le dijo: «Levántate y come, porque te espera un largo viaje». 8 Elías se levantó, comió y bebió. Una vez fortalecido por aquella comida, viajó cuarenta días y cuarenta noches hasta que llegó a Horeb, el monte de Dios. (1 Reyes 19:5-8 NVI)
El hecho es que Elías necesitaba descansar, y nosotros también necesitamos descansar. Elías necesitaba una buena dosis de verdad, y nosotros también necesitaba una buena dosis de verdad.
Sobre todo, necesitamos el suave toque de nuestro amoroso Padre Celestial y el permiso para tomar una siesta.
Cuando Dios nos llama a descansar es porque sabe que es bueno para nosotros. Se preocupa por nosotros de manera integral. Se preocupa por nuestra salud física, emocional y espiritual. Sabe que nos esforzaremos al máximo intentando demostrar nuestro valor, pero no lo obtenemos del trabajo. Tenemos valor porque fuimos creados a imagen de Dios y no tenemos nada más que demostrar.
Vemos a Dios cuidando de Elías cuando le provee alimento en el desierto. Él quiere hacer lo mismo por ti.
La otra razón por la que Dios nos llama a descansar es para recordarnos que no es con nuestras propias fuerzas que logramos cualquier cosa, sino con las de Dios. Podemos llegar a ser muy orgullosos cuando tratamos de hacerlo todo con nuestras propias fuerzas, olvidando que es Dios quien tiene todo el poder. Este fue el primer pecado. Adán y Eva intentaron vivir independientemente de Dios, y la humanidad ha luchado con esto desde entonces. Una vez más tratamos de demostrar nuestro valor, olvidando que nuestro valor proviene, para empezar, de Dios.
Esto se solidifica en la obra de Jesús en la cruz. En su sacrificio, nuestro pecado fue expiado y nos revestimos de la justicia de Cristo. Ya no tenemos que esforzarnos para alcanzar algo; podemos descansar en la obra consumada de Jesús.
Por consiguiente, queda todavía un reposo especial para el pueblo de Dios; 10 porque el que entra en el reposo de Dios descansa también de sus obras, así como Dios descansó de las suyas. 11 Esforcémonos, pues, por entrar en ese reposo, para que nadie caiga al seguir aquel ejemplo de desobediencia. (Hebreos 4:9-11 NVI)
No dependemos de nuestro propio trabajo, logros ni éxitos. No nos esforzamos demasiado ni nos agotamos. Podemos descansar. Confiamos en Dios, sabiendo que somos suficientes porque Jesús lo es y nuestra vida ahora está escondida en la suya. Cuando descansamos, le decimos al mundo y a nosotros mismos que no confiamos en nuestras propias fuerzas sino en las de Dios. Es un recordatorio que nuestros corazones cansados necesitan desesperadamente.
También es una hermosa verdad que el mundo necesita escuchar. El mundo no necesita ver a cristianos trabajando frenéticamente y negándose a descansar. El mundo necesita escuchar sobre Jesús, nuestro descanso eterno. Necesita ver un ejemplo de lo que significa confiar plenamente en un Dios confiable y bueno.
Recordemos las palabras de Jesús en el Evangelio de Mateo:
«Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados; yo les daré descanso. 29 Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. 30 Porque mi yugo es suave y mi carga es liviana». (Mateo 11:28-30 NVI)
Imagen: Unsplash/Sid Leigh












Add comment