Para una verdadera conversión ecológica, amplíe su visión del mundo

En Centroamérica, los pueblos indígenas resisten con esperanza la degradación ambiental.
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El cangrejo espera debajo de la piedra plana donde se muele el maíz para la bebida tradicional, chicheme. Si los cangrejos se confunden, supongo que esta es una experiencia confusa para nuestro cangrejo. Fue sacado del arroyo ayer por la tarde por los niños que habían sido designados en un ritual en donde  el primogénito o gemelos los atrapan y lo colocan debajo de la piedra de moler, ahí el cangrejo es libre de comer las migajas que caigan a los lados . “Tiene un papel muy importante en el festival,” explica Bechi, un anciano ngäbe. “Es un festival donde todos son bienvenidos.”

Ahora, al amanecer, una buena multitud se ha reunido para la junta, la práctica tradicional Ngäbe de rotar la carga de trabajo entre familias en momentos como la cosecha. Las herramientas de mano se han colocado en el centro de un círculo y  por medio de un ritual las herramientas se “alimentan,” con unas gotas de chicheme cayendo sobre cada una. Luego, todos los presentes toman parte de la bebida de maíz, comenzando por los más humildes: el cangrejo, luego los gatos, gallinas, cerdos y perros. Los bebés seguidos por los niños y por último los mayores.

La secuencia en sí es una lección importante para los jóvenes: preocuparse primero por los más débiles, los más pequeños, todo tipo de vida es importante. Aunque los cangrejos son parte de la dieta Ngäbe, este afortunado cangrejo es devuelto al arroyo y liberado después del ritual. Hoy fue un invitado, un participante importante.

Rezo una oración por las herramientas, los animales y las familias. Terminamos uniendo nuestras manos mientras recitamos el Padre Nuestro en el idioma ngäbere, luego nos vamos al campo. Los primeros frutos de la cosecha de hoy se compartirán en el ritual de primeriza, una expresión concreta de la espiritualidad de gratitud Ngäbe, agradeciendo a Dios por la cosecha compartiéndola primero con los otros.

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Habiendo vivido y ministrado entre los indígenas Ngäbe de Panamá durante los últimos 15 años, cosas como un cangrejo invitado especialmente en un ritual de cosecha ahora me parecen bastante comunes. Al mismo tiempo, la forma de vida Ngäbe en general me llama a una conversión continua, reorientando mi comprensión de quién es Dios y lo que significa aceptar verdaderamente el reino de Dios entre nosotros. Una parte central de este viaje ha sido una conversión ecológica que va más allá de mis nociones previas, a menudo superficiales, de “enverdecimiento” de una cosmovisión occidental.

Los Ngäbe entienden toda la creación y el cosmos como Ju Ngöbökwe (la casa de Dios). En él, estamos llamados a desempeñar nuestro papel particular en el plan continuo de la creación, viviendo en profunda solidaridad con toda la creación y continuando la danza cósmica expresada en los mitos y canciones ancestrales. La expresión concreta de estas creencias y valores comienza en el nacimiento, cuando se planta una semilla de mango en el cordón umbilical de un recién nacido. Este sigue siendo un punto de referencia a lo largo de la vida de un niño, ya que los abuelos recuerdan a sus nietos que crecen en fuerza y ​​armonía con el árbol del que forman parte.

La imagen de ser parte integral del plan cíclico de la creación de Dios se extiende hasta el final de la vida, donde los difuntos son tradicionalmente enterrados envueltos en hojas de bijao, frente a la puesta de sol y protegidos en su viaje al más allá por plantas otoe que marcan sus tumbas. Estas prácticas expresan una visión de la humanidad como parte de una red de vida interconectada, un cosmos ordenado. Los seres humanos tenemos la gran responsabilidad de mantener la armonía y el orden que el Creador ha establecido a través de nuestras acciones diarias. Esta armonía es vital para mantener la visión y la práctica del buen vivir indígena o “vida plena.”

Las amenazas más evidentes para la “vida plena” de Ngäbe en las últimas décadas han sido los proyectos de megaextracción y producción, como minas de minerales y presas fluviales. En el 2012, miles de familias indígenas Ngäbe bajaron de las montañas para bloquear un tramo de 50 millas de la Carretera Interamericana en protesta pacífica por el cambio abrupto del gobierno en la ley minera, que expondría las tierras indígenas Ngäbe a la minería de cielo abierto y devastaríael bosque y los ríos. Como lo veían los Ngäbe, esta sería la etapa final para eliminarlos como personas con su propia cosmovisión, cultura, idioma y modo de vida.

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Un violento ataque del gobierno en el quinto día de las protestas mineras dejó dos jóvenes ngäbe muertos y cientos de heridos. A través de la mediación de la Iglesia católica y la creciente presión internacional, el gobierno firmó el acuerdo de San Lorenzo, que, tras un mes de diálogo con los líderes Ngäbe y la facilitación de las Naciones Unidas, condujo a la firma de una ley especial de protección ambiental para las tierras Ngäbe que prohíbe por completo las minas de minerales y requiere un proceso especial de consenso para cualquier proyecto que afecte a los bosques y ríos. Es un logro poco visto en América Latina o en otros lugares.

Acompañar a los Ngäbe durante varios años de protestas contra la minería y las represas, presenciar su feroz determinación y unidad frente a las amenazas a este parche de la creación de Dios con el que su identidad cultural está tan íntimamente conectada, y ver su negativa a aceptar las promesas de los supuestos “progreso” que tales proyectos traerían me ha llevado a una comprensión más clara: la pobreza de la degradación ecológica y la aniquilación cultural no se puede mitigar con un simple aumento en los indicadores económicos. Vale la pena señalar que ningún ritual o acto de reciprocidad en la visión de Ngäbe puede traer balance y equilibrio para la destrucción intencional de bosques o ecosistemas enteros.

Además de los proyectos de megaextracción, cada día es más palpable una amenaza más sutil para la “vida plena” de Ngäbe: la imposición de una ideología cada vez más dominante que nos separa del resto de la creación, convierte los recursos naturales en mercancías de mercado, convierte las relaciones humanas en una feroz competencia, y reduce el propósito de nuestra propia existencia al consumo y acumulación de bienes materiales. Es una cosmovisión cada vez más generalizada que reemplaza a Dios con el fundamentalismo del mercado.

Sin embargo, la resistencia y el testimonio profético de los pueblos indígenas crecen junto con esas amenazas. Aunque quiero tener cuidado de no romantizar la vida de los pueblos indígenas, que también tienen sus luchas y dificultades internas en medio de su fragilidad humana, sí creo que son claros signos del otro mundo posible.

El Papa Francisco está sintonizado con este testimonio de los pueblos indígenas y ha dicho que “son un grito de esperanza. . . . La tierra sufre y los pueblos indígenas saben del diálogo con la tierra, saben lo que significa escuchar la tierra, ver la tierra, tocar la tierra.” El clamor de la tierra y el clamor de los pobres se vuelven uno. No es un grito de derrota, sino más bien una proclamación profética que llama desde los márgenes de las sociedades dominantes.

A veces, esa voz profética grita fuerte, como cuando miles de familias Ngäbe bajaron de las montañas para paralizar el país, protestando por proyectos que harían un agujero en la tierra y, como dijo un líder ngäbe, “arrancar el corazón de la madre que nos sostiene.” Más a menudo, la voz profética de los Ngäbe y otros pueblos indígenas es menos aparente, casi inaudible, como la madre que se vuelve hacia su hijo mayor y le dice suavemente: “Encuentra un cangrejo, la cosecha está lista.”

En medio de las muchas dificultades que enfrentan las comunidades indígenas, los misioneros tenemos la bendición de presenciar la próxima generación de jóvenes indígenas que continúan valientemente la lucha de sus antepasados ​​por una “vida plena.” En enero de 2019, el Papa Francisco alentó a los jóvenes indígenas de toda América Latina reunidos en nuestra parroquia de Soloy Ngäbe, diciendo: “Sean agradecidos por la historia de sus pueblos y valientes frente a los desafíos que los rodean, para avanzar llenos de esperanza en la construcción de otro mundo posible. . . . Que tus acciones . . . sean una reacción contra esta ‘cultura de usar y tirar.’”

Agradecido por el profundo impacto que los Ngäbe han tenido en mi propia vida y en mi camino de fe, espero que la iglesia en general llegue a ver las formas particulares en las que nuestros hermanos y hermanas indígenas manifiestan el reino de Dios de muchas maneras profundas y simples, dándonos destellos de que otro mundo es posible. Que su testimonio profético del evangelio sea motivo de nuestro compromiso cada vez más profundo de ser aliados, verdaderos socios que actúan en profunda solidaridad con los pueblos marginados y con toda la creación. Que los reconozcamos como guías llenos de esperanza en la construcción de nuevos cimientos basados ​​en las relaciones armoniosas que nuestro amoroso Dios siempre ha querido y nos comprometamos con un mundo donde toda vida sea respetada como sagrada, donde todos sean realmente bienvenidos.

Ngöbö tä mäben. Dios te acompañe


Este artículo también está disponible en inglés.

Este artículo también aparece en la edición de abril de 2020 de U.S. Catholic (Vol.85, No. 4, páginas 19-20). Haga clic aquí para suscribirse a la revista.

Imagen: Pixabay

About the author

Joe Fitzgerald, C.M.

Father Joe Fitzgerald is a Vincentian priest originally from Philadelphia. He holds a doctorate in theology from the Pontifical Bolivarian University in Colombia and is the author of Danzar en la casa de Ngöbö (Editorial Abya Yala).

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