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¿Qué enseña la iglesia sobre la pena de muerte?

Todas las vidas son sagradas y dignas de una oportunidad de arrepentimiento y reconciliación.
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Entre 2015 y 2020, el gobierno estatal o federal ejecutó a 136 personas en los Estados Unidos. Incluso si los juicios sobre su culpabilidad fueran correctos, ¿Es la muerte un castigo aceptable? La Iglesia Católica hoy dice que no, porque sus vidas eran sagradas y dignas de una oportunidad de arrepentimiento y reconciliación.

Al igual que el desarrollo de otras doctrinas sobre temas de libertad y vida, enseñanzas sobre la esclavitud y la guerra, por ejemplo, el surgimiento de la oposición de la Iglesia Católica a la pena de muerte se desarrolló en los últimos siglos. En general, antes de la conversión del emperador Constantino, los cristianos eran conocidos (y a menudo reprendidos) por negarse a participar en la toma de vidas humanas por cualquier motivo.

Algunos líderes cristianos, como Lactantius y el Papa Nicolás I, se opusieron al uso de la pena de muerte, mientras que otros, como San Agustín y Santo Tomás de Aquino, la permitieron cuando estaba en juego la seguridad de la comunidad en general. Agustín se opuso al uso generalizado de la pena de muerte, pero la justificó en los casos en que estaban en juego las vidas de personas inocentes de la comunidad. Tomás de Aquino justificó la pena de muerte cuando ningún otro medio podía proteger el bien común. Argumentos teológicos similares a favor de la pena de muerte se encuentran en los escritos de Duns Scotus, St. Robert Belarmine, St. Thomas Moro y Francisco Suarez.

Durante siglos, cuando la iglesia misma actuaba como autoridad civil, como por ejemplo en los Estados Pontificios, empleó a sus propios verdugos. Un ejemplo notorio es el principal verdugo del Vaticano, Giovanni Battista Bugatti, quien registró más de 500 ejecuciones en décadas de finales del siglo XVIII y principios del XIX, a menudo realizadas de manera espantosa en el Ponte Sant’Angelo, el puente sobre el río Tíber, en las afueras de las murallas de la ciudad del vaticano.

Entonces, ¿Cómo es que en poco más de cien años la iglesia pasó de dirigir las ejecuciones en el Ponte Sant’Angelo a oponerse a la pena capital en todos los casos?

A lo largo del siglo XX, la iglesia se opuso cada vez más al uso de la pena de muerte, en parte debido a la monstruosa maldad del incalculable número de ejecuciones por parte de estados totalitarios y autoritarios. El Papa San Juan XXIII y el Papa San Pablo VI fueron testigos íntimos de estas ejecuciones estatales y de aquellos que sorprendentemente citaron la teología para afirmar que los ejecutados eran un peligro para la comunidad.

Encíclicas como Pacem in Terris (Paz en la Tierra, 1963) y Humane Vitae (De la vida humana, 1968), así como documentos del Concilio Vaticano II, como Gaudium et Spes (Alegría y esperanza, 1965), elevaron una nueva apreciación de la dignidad infinita de la persona humana frente a la autoridad del Estado. Tras el Concilio Vaticano II, Pablo VI eliminó silenciosamente cualquier concesión a la pena de muerte del propio código de leyes de la Santa Sede y el Vaticano se pronunció proféticamente en contra de las ejecuciones en la España de Francisco Franco y la Unión Soviética de Nikita Kruschev.

Sin embargo, fue durante el papado de San Juan Pablo II que se  cristalizaron los detalles de la oposición de la iglesia a la pena de muerte. Cuando era joven, en Polonia, Juan Pablo II fue testigo del totalitarismo nazi y soviético y de sus respectivas ejecuciones generalizadas. Su teología personalista, formada contra el horror de esas ejecuciones, celebraba tanto la dignidad infinita de cada persona como las infinitas oportunidades de salvación que la gracia divina brinda a cada persona, independientemente del pecado.

Estos dos elementos de la teología personalista de Juan Pablo II se unieron en su importante encíclica de 1995, Evangelium Gaudium (El Evangelio de la Vida), para formar el argumento teológico de la iglesia contra la pena de muerte. Allí, Juan Pablo II sostuvo que el estado moderno tiene medios suficientes para proteger a la comunidad, salvo la pena capital.

Cuatro años más tarde, en 1999, mientras celebraba la Misa en St. Louis, Juan Pablo II exigió públicamente el fin de la pena de muerte. El Papa Benedicto XVI, tras sus numerosos llamamientos personales en contra de las sentencias de muerte en todo el mundo, amplió los argumentos de su predecesor en su exhortación apostólica Africae Munus (El compromiso de África) de 2011, en la que instaba a los líderes mundiales a “hacer todos los esfuerzos posibles para poner fin a la pena de muerte y reformar el sistema penitenciario de manera que garantice el respeto a la dignidad humana de los reclusos”.

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En el verano de 2018, la oficina católica para todos los asuntos de doctrina, la Congregación para la Doctrina de la Fe, tomó medidas oficialmente para prohibir el apoyo a la pena de muerte por parte de fieles católicos, agregando una nueva directiva al Catecismo de la Iglesia Católica: “la Iglesia enseña, a la luz del evangelio, que ‘la pena de muerte es inadmisible porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona’”.

El Papa Francisco en octubre del 2020, en su histórica encíclica Fratelli Tutti (Sobre la fraternidad y la amistad social), fue más allá al insistir en que la iglesia no puede permitirse “retroceder” en este mandato doctrinal contra la pena capital, insistiendo en que “la iglesia está firmemente comprometida pidiendo su abolición en todo el mundo”.

Con el cambio en el Catecismo en el  2018 y las enseñanzas vinculantes del Papa Francisco en Fratelli Tutti en el 2020, los fieles están hoy moralmente obligados a oponerse a la pena de muerte, no pueden promover ni apoyar ejecuciones, y no pueden en buena conciencia aprobar leyes que permitan la pena capital.


Imagen: Unsplash/Emiliano Bar

Este artículo también está disponible en inglés.