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Nuestra Señora de Guadalupe es misionera de la misericordia

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Uno de los elementos más impresionantes de la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe es la dramática representación de sus apariciones a san Juan Diego. Presencié este ritual por primera vez en 1992, en la Catedral de San Fernando en San Antonio. La congregación observó con silenciosa reverencia el momento culminante cuando Juan Diego dejó caer las rosas que crecieron fuera de temporada y presentó la imagen de Guadalupe que apareció milagrosamente en su tilma. Mientras el obispo antes incrédulo y sus asistentes cayeron de rodillas en veneración, estallaron los aplausos en toda la catedral.

El Papa Francisco declara que encuentros como el de Juan Diego revelan el “misterio de la misericordia” en el corazón de la entrada de Dios en nuestras vidas. Tales encuentros son, como dice el Papa, “el acto último y supremo por el cual Dios viene a nuestro encuentro.” Todos estamos llamados a imitar la infinita misericordia de Dios y hacer de la iglesia un hogar de misericordia. Citando a Tomás de Aquino, el Papa Francisco llega a afirmar en Evangelii Gaudium (La alegría del Evangelio) que “la misericordia es la mayor de las virtudes, ya que todas las demás giran en torno a ella y, más que eso, compensa sus deficiencias.” La aparición de Nuestra Señora de Guadalupe revela la maravilla de la misericordia y es un llamado para cada uno de nosotros a ser embajadores de la misericordia de Dios en nuestras propias vidas.

La misericordia que Guadalupe extiende a Juan Diego es desafiante. En uno de los pasajes más conmovedores de la narrativa, Juan Diego regresa a Guadalupe después de su primera entrevista con el obispo que no responde y le pide que envíe a otro mensajero “que sea respetado y estimado.” Ella responde: “Pero es muy necesario que tú, personalmente, vayas, ruegues, que por tu intercesión se realice, se lleve a efecto mi querer, mi voluntad.” Su respuesta directa al sentido de humildad de Juan Diego y, por extensión, al de cualquiera que cuestione su propia bondad como creación de Dios es un acto inesperado de misericordia en sí mismo.

En el relato de las apariciones el obispo, Juan de Zumárraga, presume aparentemente que no necesita misericordia. En su mente, su vida ya está bien con Dios; los nativos sin educación no tienen nada que enseñarle. Esto es lo que hace que la oferta de misericordia de Guadalupe sea aún más notable. La historia de Zumárraga nos recuerda que quienes más luchan por aceptar la misericordia de Dios son los religiosos y los justos. Para crédito del obispo, al final es convencido por el neófito Juan Diego y abre su corazón para recibir a Guadalupe. La misericordia lo hace humilde y le permite acompañar a Juan Diego al Tepeyac y construir la nueva iglesia que Guadalupe desea. La historia es un recordatorio de que ninguno de nosotros puede ponerse por encima de nuestro vecino. No importa cuán fieles seamos, compartimos entre nosotros la ardiente necesidad de la misericordia de Dios.

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En otra interacción durante el relato de las apariciones, Guadalupe responde a la angustia de Juan Diego por su tío enfermo, Juan Bernardino, con lo que se ha convertido en uno de los pasajes más citados: “No temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?” El amor maternal de Guadalupe es ineludible. Nos recuerda que la misericordia divina es infinita, implacable. Nuestros problemas pueden parecer insoportables, nuestro dolor demasiado para soportarlo. Podemos pensar que nuestra situación es desesperada o nuestros pecados más allá del perdón, pero Guadalupe nos enseña que nada podría estar más lejos de la verdad. Ningún pozo en el que podamos cavar o caer es más profundo que el abismo de la misericordia de Dios.

La misericordia no es superficial ni sentimental. Nunca tolera la injusticia. Como Dios en el libro del Éxodo, Guadalupe aparece en un momento oscuro de la historia. Va a la periferia y, a través de Juan Diego, desata el poder de la misericordia dentro de una realidad colonial opresiva. Pide que se construya un templo en el cerro del Tepeyac donde “mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa.” No solo a los nativos. No solo a los conquistadores españoles. No solo a los africanos esclavizados, ni a los niños de razas mixtas. A todos. El ofrecimiento de misericordia de Guadalupe se dirige a todo el orden social. No es simplemente una fuente de consuelo, es un llamado a la acción.

¿Cómo podemos responder a una madre tan amorosa y un poderoso ejemplo de la misericordia divina? La respuesta es simple: debemos ser más como ella. Más cariñosos. Más compasivos. Más misericordiosos. Todo comienza con la oración. Cuando reconozcamos en oración la infinita misericordia que se nos ha dado, seremos más libres para extender misericordia a nuestros hermanos y hermanas. Como nos enseñan el Papa Francisco y Aquino, muchas otras virtudes fluyen de la misericordia. El gozo de tener una relación correcta con Dios y el prójimo disminuye nuestras faltas y magnifica nuestro testimonio.

Guadalupe nos invita a abrazar el núcleo de las buenas nuevas: la misericordia de Dios lo cambia todo. Se extiende a todos los lugares y pueblos. Llega a todos los aspectos de nuestras vidas: nuestros sentimientos de indignidad de Juan Diego, nuestras tendencias de Juan de Zumárraga a la justicia propia, y nuestro quebrantamiento y necesidad de sanación de Juan Bernardino. La misericordia puede transformar vidas, comunidades y sociedades enteras. Es lo que nos hace humanos, más reflectantes de la imagen divina en la que Dios nos creó. Es tanto un regalo como un llamado.

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Como pueden testificar los devotos de la Catedral de San Fernando, encontrar a Guadalupe es encontrar misericordia. El drama de Juan Diego y Juan de Zumárraga revela la misericordia desbordante de Dios. También nos recuerda que, aunque la resolución final de este drama aún no se ha concretado, su resolución ya ha amanecido. La misericordia tendrá la última palabra. En el aplauso que estalla en San Fernando y en nuestras almas agradecidas, Guadalupe nos permite vislumbrar esta gran visión del poder salvador de Dios. Que llene nuestros corazones y nos ayude a construir la casa de misericordia que ella y su hijo Jesucristo desean.

Este artículo también está disponible en inglés.

Este ensayo proviene de una presentación ofrecida para el sábado con la serie Saints del Institute for Church Life de Notre Dame.

Imagen: Flickr cc a través del P. Lawrence Lew, O.P.

About the author

Timothy Matovina

Timothy Matovina is a professor of theology and co-director of the Institute for Latino Studies at the University of Notre Dame.

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